Las palabras no salían de tu boca, te habías quedado muda durante las dos horas que yo había estado contándote mi vida, desde el comienzo y con todo tipo de detalles. Mi historia terminaba en aquel sofá donde ahora mismo tú estabas sentada y que me describiste como un buen sitio para pasarse un día entero con libros y café. Me invadió el miedo al ver tú cara y no sabía si aquello significada que el encuentro fortuito no se volvería a repetir o que no sabías como decirme que te sentías sola.
A partir de aquello no pude contenerme por lo que todos los días te visitaba para que me invitaras a un café y me contaras como te había ido el día, a veces salíamos a pasear, cuando no llovía y podíamos disfrutar de aquel sol que no calentaba. Tú me contabas tus penas, vacías de sentido como todo lo que nos rodeaba, y yo no solía abrir mucho la boca, me gustaba escucharte y verte feliz. Cada viernes por la noche habías cogido como costumbre visitarme para hacerme compañía durante la cena. Siempre te ponía un planto con comida, pero tú nunca probabas bocado y yo no quería saber el por qué. Un viernes suelto de aquellos, me dijiste que te ibas a vivir lejos, no querías volver a ver las calles tristes y a la gente seria que habitaba la ciudad. Deseabas ver el mar a todas horas desde la ventana de tu habitación y que te sirvieran el desayuno por las mañanas.
Dejando atrás todo lo poco que tenía en mi vida, hice las maletas y tres días después de que te hubieses ido cogí un tren con destino incierto. Durante meses te busqué en los sitios más recónditos y extraños que puedas imaginar, para finalizar en una playa vacía donde llovía sin parar. Rebusqué en mi mochila y saqué el libro, la lluvia caía sobre él y hacía que aquellas letras se modificaran resbalando y convirtiéndose en mis lágrimas negras. Mancharon mis labios y los tiñeron, mancharon todo mi cuerpo, el negro me atrapó, entonces fue cuando apareciste para esconderte en nuestro mundo.
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... :)
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