Estaba sentada en la cama, mirándose al espejo y se preguntaba cuando iba a salir el sol. El amanecer le resultaba agradable, le hacía sentirse parte del mundo y la cubría con su luz. Se vistió y preparó café, las tostadas de siempre y en la misma cocina de siempre. Cansada de la rutina decidió salir a pasear y ver lo que el mundo le ofrecía. Descubrió que los sueños no solo existían en la habitación, también los había a montones en las paredes de los edificios y en las caras de las personas. Se dedicó toda aquella mañana a imaginar como sería la vida de la gente que pasaba a su lado hasta que se encontró con una cara conocida y las palabras salieron como gotas de agua que caen cuando llueve y se vio a sí misma, viviendo aquello que tanto había deseado. El viento ya no se llevaría nada.
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